24 de julio de 2017

Delirios de un paranoico: ¿Cristina presa o proscripta?

Cada día que pasa es más evidente que la lluvia de inversiones y la reactivación de la economía, tan prometidas por el macrismo desde la campaña de 2015 no sólo no llegan sino que tampoco lo harán en el corto plazo. La razón no es la "herencia recibida" ni la posibilidad de "regreso del populismo kirchnerista" sino las medidas incongruentes, antiguas y anacrónicas tomadas por el gobierno desde que llegó a la Casa Rosada. El resultado de dichas medidas es una espiral descendente de la economía, víctima de un círculo vicioso de caída del consumo y de la recaudación, ajuste constante y pérdida de empleos; algo harto conocido en el país de las crisis autoinflingidas por todos los gobierno liberales de nuestra historia.
Y también es cada día más evidente que el llamado establishment presionará al gobierno para que continúe en ese plan caiga quien caiga, sin importar cuál sea el costo social. Lo mismo sucedió con el cambio de siglo, cuando la crisis de la convertibilidad le estalló a De La Rúa en 2001. Entonces el poder real presionó a los gobiernos de Menem, De La Rúa y Duhalde en favor de sus propios intereses económicos, sin importarle el juego de la política en tiempos de continua decadencia social y económica de la mayoría de los habitantes.
No obstante las similitudes entre ambos períodos, a diferencia de la crisis anterior, el gobierno de Macri tiene un espejo en el que reflejarse, un gobierno con el que lo comparen, un fantasma contra el que luchar para imponer su programa económico: los prósperos años del kirchnerismo. Y lo que resulta de esa comparación no lo beneficia para nada. Calificamos esos doce años de "prósperos" (con todos sus falencias y materias pendientes)  al compararlos con todos los años desde la recuperación de la democracia, e incluso antes de ese 1983. Lo que hacemos es una comparación imparcial, basada en los fríos números de las estadísticas,  los que benefician claramente a esa "década ganada" de crecimiento de la economía, la industria y el campo, y de redistribución de la renta nacional. Sólo con observar el estado en que todos esos gobiernos recibieron el país y cómo lo dejaron, resalta el período kirchnerista de la misma manera en que lo hace con el peronismo en el siglo pasado con relación a los gobiernos anteriores y posteriores.
Es por eso que el establishment, o "círculo rojo" como lo denomina el presidente, no dejará que el kirchnerismo vuelva a gobernar y deshaga los "logros" de la revolución macrista (como  la denominamos nosotros aquí), entre ellos el desmantelamiento de todo resquicio del incipiente estado de bienestar que estaba realizando el gobierno anterior; de la misma manera que lo hizo con los "populismos" anteriores (si utilizamos la terminología del siglo XXI), o "movimientos populares" (si utilizamos la del siglo anterior). Para evitar el regreso de el kirchnerismo, el círculo rojo y el gobierno (que forma parte del mismo) utilizarán cualquier método a mano, como lo han hecho en los casos anteriores. Para mencionar tan sólo algunos, recordemos la proscripción, persecución o encarcelamiento de Yrigoyen y muchos de sus funcionarios y partidarios, y la  persecución, encarcelamiento o proscripción de Perón y muchos de sus funcionarios y partidarios. Sin embargo, en esos casos ambos gobiernos populares fueron derrocados por la fuerza, cosa que no es viable en este siglo. No obstante, en estos últimos meses suena cada vez más probable las otras dos variantes, la cárcel y la proscripción para los miembros del actual movimiento popular, independientemente de que sea justificadas o no las causas judiciales impulsadas. La propuesta de encarcelamiento o proscripción de la expresidenta no sólo se irradia en los medios de difusión hegemónicos (aliados nada incondicionales del gobierno) sino también en las filas de algunos de los partidos aliados u opositores al gobierno, como el de Elisa Carrió y el de Margarita Stolbizer, quienes reclaman, a quien quiera oirlas, la cárcel o la proscripción política de Cristina Fernández.
A modo de ejemplo de la presión de los medios sobre los jueces y fiscales, repasemos unos tramos de un editorial de Joaquín Morales Solá en La Nación

Cristina Kirchner quedaría con un pie dentro de la cárcel. Sólo dos razones pueden justificar la prisión preventiva: la posibilidad cierta de que el encartado intente fugarse o que haya usado la libertad para obstaculizar o eludir la acción judicial.
(...) le será casi imposible a Bonadio eludir una decisión definitoria sobre Cristina Kirchner si Manzanares declarara que cumplió órdenes de la ex presidenta para seguir cobrando la renta de inmuebles intervenidos por la Justicia.
En síntesis, por primera vez Cristina Kirchner está cerca de la prisión.
Sólo un sentido muy profundo de impunidad puede llevar a un juez como Freiler, que hace poco se salvó de la destitución en el Consejo de la Magistratura por un voto, a ejecutar operaciones judiciales para beneficiar a la familia política con más denuncias de corrupción en la historia del país.
Jueces como Freiler son inexplicables en la Justicia y revelan, en alguna medida al menos, el porqué del rezago argentino en la condena de la corrupción que asoló el país durante más de una década. Son también imprescindibles para Cristina Kirchner, en un momento en el que el destino la puso más cerca que nunca de la cárcel.
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La hipótesis del encarcelamiento o proscripción de la expresidenta, a medida que los medios la señalan como posible (y que algunos lo señalan como deseable), ya se ha hecho carne en la sociedad, y eso se refleja en los trascendidos en la prensa que frecuenta los círculos de los grandes empresarios, como lo señala Alejandro Bercovich en el diario BAE Negocios:

Por primera vez, tras la detención en Río Gallegos de Víctor "Polo" Manzanares, el establishment empezó a evaluar seriamente las consecuencias para la gobernabilidad y los negocios de un eventual encarcelamiento de Cristina Kirchner antes de las elecciones de octubre. El contador de la familia de la expresidenta (...) cayó preso justo para el arranque formal de una campaña en la que Cambiemos no termina de afirmarse y mientras la economía sigue sin dar señales de un rebote robusto. 
Nadie sabe a ciencia cierta si el juez Claudio Bonadío dio finalmente con el "arrepentido" que le aportará los elementos para encerrar a la candidata a senadora que puntea en las encuestas bonaerenses antes de que puedan votarla.
Las preguntas que se hacían anoche varios socios de la Bolsa en el acto por su cumpleaños número 163 son las mismas que se repitieron en los refugios de montaña y los centros de ski donde vacacionan otros capitanes de la industria. ¿Cómo reaccionaría el mercado ante una orden de detención de Cristina (...)? ¿Generaría acaso una conmoción social incontrolable o apenas una seguidilla menguante de protestas de sus seguidores incondicionales? ¿Cómo afectaría la imagen institucional del país en el exterior, mientras Mauricio Macri condena los atropellos de Nicolás Maduro contra la oposición venezolana?

El espejo brasileño
El terror de Manzanares puede allanar el camino de Bonadío hacia las pruebas que no obtuvo de Báez ni de López para incriminar de manera decisiva a Cristina Kirchner en las causas donde la investiga. De ahí que haya renunciado al descanso que le ofrecía la feria judicial. El magistrado busca mirarse en el espejo del juez brasileño Sergio Moro, descubridor de la trama de corrupción que empezó a salir a la luz en Petrobras pero que tenía su epicentro en la contratista Odebrecht y empezó a salpicar desde ahí a todos los políticos de su país.
Las diferencias son notables, tanto entre las carreras y perfiles de Moro y de Bonadio como entre las situaciones políticas a un lado y otro de la frontera. Sin embargo, hay un hilo conductor nítido: la urgencia que expresaban los empresarios brasileños por reducir el costo laboral cuando todavía no había sido destituida Dilma Rousseff y la que expresa ahora buena parte de sus colegas argentinos, cada vez más impaciente ante el "gradualismo" de Macri.
La pregunta vuelve a ser, como a inicios de la administración Cambiemos, si es viable políticamente un ajuste sin crisis previa. Y ahí aparece la lección del socio mayor del Mercosur: si bien el establishment paulista logró imponerle allí a Rousseff un ministro de Hacienda ortodoxo y un plan draconiano de ajuste fiscal que terminó de hundir su popularidad, no logró en cambio forzar al PT a flexibilizar el mercado laboral. Con mucho menos poder pero aprovechando la dispar relación de fuerzas que impusieron dos años seguidos de masiva destrucción de empleo, la endeble coalición que sostiene a Michel Temer acaba de darle el gusto.
Ahora, con esa reforma aprobada en Brasil, los incentivos para producir en Argentina son todavía menores y la presión sobre los gremios para que acepten resignar derechos y condiciones de trabajo promete seguir en ascenso. La cuestión, inconfesable, es quién podría ejercerla de forma más efectiva para garantizar la rebaja del costo laboral. Si un Macri fortalecido en las urnas -algo cada vez menos probable- o una coalición más efímera, quizá conducida por él mismo pero con mucho menos margen de movimiento, surgida de un escenario con candidatos presos, elecciones impugnadas y disturbios callejeros.
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Este clima de persecución mediático-política de todo lo que huela a kirchnerismo o filokirchnerismo se da en un contexto regional en el que un presidente puede ser derrocado por un golpe parlamentario (Paraguay y Brasil) o exmandatarios populares pueden perseguidos por jueces por causas de corrupción fundados o infundados (Brasil y Argentina).
Como dijimos, la economía no arranca sino que, por el contrario, no para de caer y como consecuencia de ello crece el desempleo, la pobreza, la indigencia. Para empeorar las cosas, la única salida que intenta el gobierno ante la ausencia de inversiones nacionales o internacionales y la recaudación en picada, es generar una epidemia de endeudamiento.
El panorama complicado para el oficialismo se completa con las encuestas que señalan a diario que las posibilidades electorales de Cristina Fernández en la provincia crecen, lo que la convertiría no sólo en un freno a la política macrista a partir de octubre sino también en una contendiente de fuste para las presidenciales de 2019. Esto constituye un escenario trágico para los intereses del círculo rojo.
Ante este panorama, la afirmación paranoica de este humilde analista improvisado de la política nacional no parece ser tan irreal.
Es por eso que, como dijimos varias veces también aquí, la derecha argentina siempre busca reconquistar el poder real, el poder económico y sus privilegios de clase cuando un gobierno popular los distribuye en forma más justa y equitativa. Y lo hace a cualquier precio. Porque esto ya sucedió varias veces en nuestra historia, como bien lo saben los radicales de Yrigoyen y los justicialistas de Perón. Y hoy lo están viviendo los kirchneristas de Cristina Fernández. Para los más escépticos que dudan, porque no han vivido en aquellas épocas o no conocen lo suficiente nuestra historia, podríamos afirmar aquí: si la derecha argentina ya lo hizo dos veces (salvando las pertinentes diferencias de épocas y circunstancias), ¿por qué no lo haría otra vez?
A lo mejor ya es hora de que también lo analicen quienes no comulgan con el kirchnerismo y creen que este huracán restaurador del país conservador modelo siglo XIX que es Cambiemos, sólo viene por los kirchneristas...
Lo que puede suceder si se concreta lo que señalamos aquí no lo sabemos a ciencia cierta, pero no será nada bueno, por cierto. En ese caso se abriría una caja de Pandora con resultados impredecibles pero netamente perjudiciales para la mayoría de la población. Aunque no para ciertas minorías que suelen beneficiarse con las crisis, como bien lo sabemos ya los argentinos. Y justamente son esas minorías quienes patrocinaron el ascenso al poder ejecutivo de Cambiemos, quienes ahora lo apoyan y presionan en ese rumbo hacia la eliminación de la oposición kirchnerista a cualquier costo. Asimismo, el resultado de una nueva crisis política y económica no sería tan diferentes de lo sucedido en los casos anteriores, aunque ahora contaríamos con el condimento social de lo sucedido luego de la crisis de 2001, las idas y venidas de los ciudadanos de a pié y la acción de las organizaciones sociales independientes, la aparentemente superada decadencia de los partidos políticos de entonces, sumado a la utilización de la redes sociales, bastante ajenas a la influencia hegemónica de los medios concentrados. No obstante, una crisis es siempre una crisis, y el resultado final no puede detallarse de antemano.
Ahora bien, puede suceder que aquellos ciudadanos que creen en esta "nueva derecha" conservadora y restauradora del proyecto de país agroganadero exportador y con una industria de baja intensidad, similar al de la Argentina de principios del siglo XX, quizás consideren que lo afirmado aquí no es más que un delirio de un paranoico, como decimos en el título, o bien que nuestras prevenciones son triviales o injustificadas, y que nuestra propuesta de rebelarse contra un destino que parece inflexible es un mero sueño arcaico. Sin embargo, éste es el mismo analista paranoico que señalaba, antes de la segunda vuelta presidencial en 2015, cuáles serían las medidas que tomaría un eventual presidente Macri aquí mismo en 10 razones para votar a Macri y 10 razones para votar a Scioli, y casi todas ya se han materializado.

De ser así, en este caso, decimos hoy, parafraseando a John Lennon:

You may say I'm a dreamer
But I'm not the only one…

(Podés decir que soy un soñador
Pero no soy el único...)


14 de julio de 2017

La Revolución Macrista podría entregar la Dama en 2017 porque confía en dar Jaque Mate en 2019.

Más allá de cualquier análisis que hagamos sobre la estrategia macrista-durán barbista para pelear el primer puesto en la provincia de Buenos Aires en las elecciones de medio término o especular sobre ese resultado, el oficialismo cuenta con un par de antecedentes históricos para alentar su sueño de reelección en 2019. El kirchnerismo perdió ese baluarte electoral en 2009 a manos del entonces desconocido y ahora desaparecido Francisco “Colorado” De Narváez, y en 2013 a manos de una “cuña del mismo palo” kirchnerista: su ex Jefe de Gabinete Sergio Massa. Sin embargo, eso no obstó para que Cristina Fernández fuera reelecta en 2011 por un apabullante 54% de los votos, y que terminara su doble presidencia con una Plaza de Mayo llena como nunca y un retoño K, Daniel Scioli, perdiendo en segunda vuelta por tan soló 2 puntos.
Esos ejemplos alentarían al macrismo a bajarle el precio de antemano a una posible derrota en la provincia más populosa confrontándola con un triunfo a nivel país, como lo hiciera el kirchnerismo en aquellas dos oportunidades.
No obstante, un antecedente contrario a esa teoría es la derrota sufrida por la anterior Alianza en 2001, lo que derivó en el desastre delarruísta-cavallista de ese fin de año. No escapan a nadie las diferencias entre aquellos dos casos exitosos y el actual de Cambiemos, pero repasemos primero un par de ventajas que tiene la alianza macrista-carriotista-radical frente a la alianza delarruísta-alvarista que intentaba superar la etapa menemista.
El presidente De La Rúa asumió con un país estancado, con 4 años de recesión, con pobreza, desocupación, indigencia y desigualdad en alza, sin moneda nacional por estar atada al dólar debido al cepo cambiario del "1 a 1" (un verdadero cepo) y una deuda externa enorme y creciente. En cambio, el presidente Macri asume con un país en crecimiento, con pobreza, desocupacion, indigencia y desigualdad en caída, y una deuda externa muy baja y fácilmente manejable. De todos modos, a pesar de esas ventajas la economía macrista empeoró no sólo los problemas heredados sino también los logros del kirchnerismo. Pero esos no fueron errores del actual oficialismo, como hemos sostenido aquí en varias oportunidades. La “revolución macrista” (como la describimos aquí en La revolución macrista, una lección para la izquierda nacional ) ya logró gran parte de sus objetivos tácitos, los que señalamos en nuestra nota 10 razones para votar a Macri y 10 razones para votar a Scioli , y cuyos resultados ratificamos en Primer año de gobierno: sin sorpresas, la revolución macrista va viento en popa. Pero ahora enfrenta el desafío de profundizar esos cambios y lograr "institucionalizarlos" para que sean irreversibles, como se está intentando hoy en Brasil. 
Por eso, el oficialismo se apresta a acelerar el proceso de su gobierno en una segunda etapa de su revolución conservadora, como lo hizo a partir del 1° de abril de este año, tomando como modelo la Revolución Libertadora de 1955, como ya señalamos en #1A, 1° de abril de 2017, el día de la caída del Gral. Lonardi...  Por supuesto, para lograr ese objetivo cuenta con el apoyo apabullante del aparato mediático hegemónico y el vergonzoso seguidismo de muchos fiscales y jueces, como sucedió también durante aquella nefasta dictadura pero, a diferencia de los militares de entonces, el gobierno macrista tiene que legitimarse en las urnas para lograr su supervivencia más allá de 2019. Otra diferencia fundamental entre el macrismo antikirchenrista y el antiperonismo de 1955 es que los uniformados de entonces tenían a su adversario político en el exilio, proscrito y mudo mediáticamente, en cambio Macri y los suyos tienen a su principal adversaria en el país, presente tanto en las calles como en los medios y en las redes sociales, y una militancia activa y en el terreno, no en la clandestinidad. Los medios y la “justicia” juegan tan abrumadoramente contra ella como lo hacían entonces contra Perón, quizás con menos eficacia pero con la misma soberbia y descaro. Sin embargo, la popularidad del "tirano profugo" no fue mellada con tantos años de desprestigio planificado, como tampoco parece serlo la imagen de la "chorra populista", como refieren todas las encuestas. Lo que no sabemos es si el resultado de esta táctica en 2017 será el mismo que en 1958 o, peor aún, si el de 2019 será similar al de 1973…
En cuanto a las diferencias entre este proceso macrista y el anterior kirchnerista, la economía y la situación social son completamente opuestas: hasta 2015 aunque la inflación era un problema, no lo era en forma tan acuciante como lo es hoy debido a la debilidad de las paritarias actuales, sumado al combo social casi al borde del estallido; y, para peor, durante el kirchnerismo el desempleo, la pobreza, la indigencia y la desigualdad bajaban y en cambio ahora suben.
Nunca está dicha la última palabra, pero muchos análisis que se ven en los medios y en ciertas “mesas de arena” políticas están demasiado sesgados por los deseos de los analistas y por el desconocimiento o menosprecio de las lecciones de la historia política nacional. Como señalábamos en nuestro último artículo mencionado:

“La incógnita sobre la eficacia del macrismo para llevar adelante las próximas medidas de gobierno de su plan se despejará en los próximos seis o doce meses, cuando los medios de comunicación hegemónicos ya no puedan ocultar eficazmente los resultados perniciosos de la economía, cuando los titulares sobre la corrupción o la herencia kirchnerista no sirvan para “entretener” a la sociedad frente a la herencia y la corrupción propias. Será entonces cuando veremos si los métodos revolucionarios del macrismo son suficientes para seguir avanzando en su agenda de gobierno, si el establishment lo sigue apoyando o si le fija nuevos objetivos y, principalmente, si la sociedad sigue avalando su rumbo. De no ser así, veremos qué métodos utiliza entonces para continuar con su programa de gobierno, si aminora la marcha o si acelera a pesar de todo y de todos. Porque la historia argentina muestra, lamentablemente, que la derecha nunca se detiene en su camino y apela a cualquier método, legal o no, constitucional o no, pacífico o no para lograr sus fines. Y no tiene pruritos ni remordimiento al enfrentar a sus adversarios desde el poder, sean éstos minoritarios o mayoritarios. En tal caso, la derecha conservadora siempre fue y será revolucionaria para mantener o recuperar sus privilegios.”

La revolución macrista no tiene vuelta atrás: o mata o muere, no tanto en 2017 sino en 2019. Es por eso que planteamos que el oficialismo podría darse el lujo de entregar este año a la Dama (la provincia de Buenos Aires y con ella a su gobernadora) pero debe ganar sí o sí en 2019. Confía para eso en una reactivación económica del país, basado en las famosas “inversiones externas” y las exportaciones agro-ganaderas (¿o serán afroganaderas?) largamente prometidas, las que configurarían un modelo de país similar al anterior a 1916.
Sus objetivos sólo pueden ser alcanzados si triunfa, si lo hace en esta oportunidad y en forma concluyente, porque una derrota habilitaría el regreso del temido “populismo” (como anatemizan ellos a cualquier gobierno nacional y popular, ya sea yrigoyenista, peronista o kirchnerista), el que ahora sí sería tan revolucionario como lo es el macrismo, pero de signo contrario. La historia no le perdonaría al establishment, u oligarquía, para quienes pintan canas, (del que la mayoría de los funcionarios del gobierno son miembros) si esta vez no configura al país como lo hizo en la etapa pre-yrigoyenista. Porque, qué duda cabe, que ese es el modelo de país que esta derecha “moderna” planea restaurar en esta oportunidad, como si fuese una etapa superadora del menemismo de los '90. Es decir, una Argentina modelo siglo XIX en pleno siglo XXI.

27 de abril de 2017

Aprendamos a vivir como pobres... sin sentirnos pobres, o cómo adaptarse a la "macrieconomía".

La mejor manera de adaptarse a los tiempos de mishiadura para la clase media que votó (o no) a la Alianza Cambiemos (que
 llegaron para quedarse) es aprender a vivir como pobre. Esto es lo que aconseja el diario La Nación en una nota sobre una experiencia de dos periodistas que nos enseña a desintoxicarnos del consumismo perjudicial adquirido en los últimos años o, mejor dicho,  cómo subconsumir.
Pero este artículo debe leerse dentro del contexto del aumento escandaloso de la pobreza y la indigencia, originado por las políticas económicas del macrismo, las que generaron una brutal transferencia de recursos desde las clases medias y la clase baja hacia el vértice más rico de la población. Por eso la nota está dirigida a los lectores del periódico y su ámbito de influencia. La meta es acostumbrarlos a vivir como pobres... sin sentirse pobres. Sí, a disfrutar las bondades del subconsumo en estos tiempos de consumismo populista desaforado...
Pero primero repasemos el contexto económico que justifica la nota, apelando a lo que opinan algunos medios sobre el modelo económico actual y sus consecuencias:


El país en el subibaja.
Desde que la Alianza Cambiemos llegó al gobierno, la transferencia de ingresos de los trabajadores al capital llegó a 16.000 millones de dólares, lo cual implicó una caída en la participación de los asalariados en el ingreso del 37,4 al 34,3 por ciento del Producto Interno Bruto entre 2015 y 2016. La profunda recesión de 2016, que en los primeros meses de este año no da signos de haber concluido, fue acompañada por alteraciones sustanciales en el régimen económico y en la orientación del modelo de acumulación de capital.
Al mismo tiempo, se observa un incremento de la respuesta represiva a los conflictos sociales desde mediados del año pasado, con un pico pronunciado en el primer trimestre de este año, tanto en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como en el resto del país.




Lucha de fracciones.
Esa impactante transferencia de ingresos se produjo por la suma de la devaluación, la quita o baja de retenciones a las exportaciones, el aumento de las tarifas de los servicios públicos, la apertura comercial, la liberalización del movimiento de capitales y la suba de la tasa de interés, entre otras medidas que comenzaron a aplicarse desde el primer día de gobierno. Pero esas intensas pugnas por la distribución del ingreso, en el marco de la aceleración inflacionaria de 2016, no se agotan en el subibaja entre el trabajo y el capital sino también entre fracciones del capital. En el primer caso la transferencia de ingresos se origina en la punción del salario real; en el segundo, es reflejo de las distintas rentabilidades sectoriales.
Las causas fueron la caída del consumo (que no se ha detenido), el incremento de los costos de los servicios públicos y la apertura comercial, que sólo en escasa medida fue compensada por la suba del tipo de cambio real. Esta modificación de precios relativos se desplegó en un marco internacional complejo, caracterizado por la intensificación de la lucha competitiva que se reflejó en una importante caída de los precios de las exportaciones argentinas, que además se reprimarizaron. De este modo, el eje ordenador de la economía argentina se desplazó de la economía real y el consumo hacia la especulación financiera. El único componente de la demanda agregada que creció en 2016 fueron las exportaciones, pero esto traccionado por las ventas de productos primarios. En cambio la caída del salario real y el aumento del desempleo redundaron en una merma del consumo privado y no es exagerado decir que la inversión productiva se derrumbó.
Por más que el gobierno repita que el crecimiento genuino se dará por el aumento de la inversión (lo cual evidencia el sesgo ideológico de que los incrementos del consumo no son una forma válida de crecer, como se lee en reiteradas declaraciones despectivas de funcionarios de primera línea) la tasa de inversión cayó del 16 al 13,9 por ciento del PIB entre 2015 y el último trimestre de 2016. El resultado fue mucho peor en la radicación de las tan apetecidas inversiones extranjeras directas, que  se redujo a la mitad.
Tan marcado descenso de las inversiones orientadas a la economía real permite prever que, si hubiera alguna reactivación de la actividad este año provendría del denominado “rebote estadístico”, con escaso impacto en la economía real y el empleo y no sostenible en el tiempo. Pero ni siquiera eso se advierte en los indicadores de coyuntura más recientes, que no muestran un cambio de la declinante tendencia observada.
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Crisis de ansiedad
La Alianza Contra el Choripán (...) hizo casi todo lo que le pedían antes de las elecciones presidenciales y ahora le reprochan que no hizo lo suficiente para que la economía arranque con vigor. El gobierno de y para el poder económico cumplió con el mandato exigido. Capituló a los pies de los fondos buitre abriendo nuevamente el negocio de la deuda a la banca (emitió casi 90 mil millones de dólares en 16 meses). Eliminó las retenciones y aplicó una fuerte devaluación, ambas medidas en forma simultánea cuando nunca antes se había dado ese doble golpe de knock out al consumo popular en la economía argentina. Avanzó en forma agresiva con un tercer golpe con el tarifazo reduciendo subsidios. Desarticuló totalmente los mecanismos de control de los flujos de capitales especulativos y del mercado de cambios. Lideró en forma decidida y sin pudor una persecución política e ideológica en el plantel de empleados públicos, al mismo tiempo que desarrolló un dispositivo de represión a la protesta social.
Embistió contra derechos laborales y previsionales, además de alterar el patrón de redistribución del ingreso hacia la regresividad, bajando el salario real del 6 al 8 por ciento en trabajadores registrados, al tiempo que condiciona las paritarias para reafirmar esa pérdida en el reparto de la riqueza.
La economía macrista replica esa estrategia recesiva en el frente fiscal. El incremento del déficit no fue por un aumento del gasto corriente (hubo caída en términos reales de salarios públicos, jubilaciones, consumo público y obra pública), sino que se generó por una disminución de los ingresos (reducción de impuestos a estratos altos). El déficit fue entonces recesivo y regresivo, alimentando así el círculo vicioso de descalabro de las cuentas públicas.
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100 días de Dujovne
En palabras del propio Presidente, no hay Plan B. El Plan A, por su parte, se basa en algunas premisas básicas: la inversión es el motor de la economía; para promocionarla, alcanza con generar condiciones de rentabilidad y emitir señales de confianza hacia el mercado; el consumo popular ahoga la inversión; los salarios son un costo más que afecta la competitividad; y la inflación es el gran mal a combatir, con recetas monetaristas.
Estas verdades funcionan como axiomas que no requieren validación empírica. En todo caso, siempre existen factores externos pasibles de ser identificados como los responsables de su incumplimiento. Léase: kirchneristas, movimientos sociales, sindicalistas, científicos, maestros. La lista se va ampliando y puede hacerse extensiva a la sociedad en su conjunto, pues en última instancia, ello es lo que está de fondo cuando el Presidente hace hincapié en la necesidad de un cambio cultural.
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Y veamos ahora un resumen de lo que se aconseja en la nota de La Nación para que vivamos como pobres sin sentirnos pobres, disfrutando de una desintoxicación de populismo, para que aprendamos a caer de clase social sin preocuparnos ni tener la tentación de protestar contra el gobierno:


Un año sin comprar: muchas ganancias y algunas pérdidas.
Dos periodistas cuentan cómo fue vivir sólo con lo que necesitaban.


"¿Qué es lo primero que se compraron?" Cuando uno decide pasar todo un año sin consumir más que lo necesario y por fin llega esa fecha, la gente siente desilusión cuando la respuesta es nada. (...) no habíamos sufrido síndrome de abstinencia. Al contrario, llegamos menos ansiosas, más conscientes de todo lo que tenemos y más satisfechas con nuestras vidas.
Que se rompa tu jean favorito, que estalle la pantalla del celular o que casi agotes tu stock de sandalias son pérdidas menores cuando uno lo compara con la ganancia de haber descubierto que se puede perder todo aquello que se tiene, pero nunca aquello que se es. Por eso, sentimos que éste fue un año de ganancia. De aprendizaje. De desintoxicación.
Y así nació, el 1° de abril de 2016, este proyecto de abstinencia que llamamos Deseo Consumido.
Hubo gente, preocupada, que vino a advertirnos, como si no lo hubiéramos notado, que si todos hacían lo mismo, la economía se iba a enfriar. En nuestra defensa debemos decir que pasado un año, el mercado ni siquiera se enteró de lo que hicimos.
Compramos mucho más de lo que consumimos: usamos apenas el 20% de la ropa que tenemos. Algo similar ocurre con la comida: el 35% de lo que se produce va a parar a la basura.
Tenemos que ser mucho más estrictos con las cosas que dejamos entrar a nuestras hogares. En apenas dos décadas, los argentinos pasamos de comprar nueve prendas por año a casi 20. En materia de comida, sucede lo mismo. Año a año compramos más volumen de alimentos: todos los rubros registraron en la última década incrementos significativos. Más harinas, más galletitas, más helado, más cerveza, más gaseosa, menos agua. Más golosinas. Los rubros que cayeron, en cambio, son la carne y las frutas y las verduras, que son los alimentos más sanos. Es decir, que comemos cada vez peor. Los chicos de clase media urbana reciben entre 80 y 100 regalos al año, entre Navidad, cumpleaños y el Día del Niño, entre otros. También figuran los regalitos culpógenos que llevamos los padres que pasamos muchas horas fuera de casa.
Esto nos sirvió para descubrir que era cierto que usamos casi siempre las mismas prendas: las que nos gustan. Que no hace falta tanto.
Este año aprendimos a mirar hacia adentro de nuestras casas y nuestras vidas y redescubrimos la capacidad que todos tenemos de ser felices con poco. Que podemos tener muchas menos cosas y que nadie va a enterarse, porque simplemente usamos mucho menos de lo que tenemos.
Nos lo preguntaron infinidad de veces en estos meses: ¿Y? ya sacaron pasajes para Chile... ¿Miami? No. Para nada. Lo más valioso fue habernos conectado con nuestro costado más auténtico. Más imperfecto. Y, en cierta manera, fue una experiencia detox. Estamos desintoxicadas del consumo. El mayor aprendizaje de este año quizás fue éste: ¿sabés qué pasa cuando estás todo un año sin consumir? ¡Nada
Pasamos la Navidad, nuestros cumpleaños, las vacaciones y, en todos los casos, siempre optamos por versiones minimalistas de nuestros antiguos festejos. Festejamos de forma más sencilla, en nuestras casas, en una plaza, con menos invitados, pero mejor elegidos. No quedan cuentas pendientes con 2016 ni con 2017. Después de un año, nos sentimos libres. Más afortunadas. Más dueñas. Más imperfectas. Más felices. Hemos disfrutado de este año como una de las mejores temporadas de nuestras vidas.

Siete lecciones para tener en cuenta


Nos cortamos nuestro propio pelo

Ni bien ni mal. Simplemente descubrimos que aunque lo hagamos, la vida sigue y nuestros maridos continúan sin darse cuenta

Aprendimos a comer mejor

Elegimos más los alimentos que tienen como principal cualidad la de parecerse a sí mismos. Compramos menos productos, más cercanos a lo que vamos a consumir y más alejados de las promociones y del impulso de llenar el carrito

Priorizar alimentos

Elegimos los productos de temporada y aprendimos a valorar lo que da la tierra

La bicicleta, como medio de transporte

Un hallazgo: avanzar a toda velocidad cuando al lado hay una maraña de autos atascados sube instantáneamente las endorfinas

Necesitar muy poco

Éste es un gran descubrimiento. Consumimos mucho menos de lo que compramos. La tasa de uso de las objetos en la que gastamos el dinero es realmente muy baja

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Como hemos visto, la nota resuma resignación ante la "inevitabilidad" del sinceramiento de la economía producido por el gobierno, en concordancia con lo señalado repetidamente por los voceros y funcionarios del macrismo, quienes nos "enseñan" que en la última década hemos vivido por encima de nuestras capacidades y merecimientos, naturalizando la imposibilidad de que todos vivamos con comodidades y costumbres similares, independientemente de las clases sociales. Como dijo el actual presidente del Banco Nación, Gonzalez Fraga:


"Las cosas no se pueden hacer como uno querría, y menos después de 12 años donde se ha invertido mal, se alentó el sobreconsumo (...) Le hiciste creer a un empleado medio que su sueldo medio servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior. Eso era una ilusión. Eso no era normal"



Es decir, naturalizando que es inviable la movilidad social ascendente típica de la Argentina. Mejor dicho, típica de la Argentina en los períodos en que el gobierno de turno favoreció esa movilidad ascendente, poniendo en juego una política económica de transferencia de recursos inclusiva de la población. Más precisamente, durante el yrigoyenismo, el peronismo y el kirchnerismo. Tres movimientos populares comprometidos con las clases más necesitadas de la población en sus períodos históricos correspondientes, y coherentemente combatidos por el diario La Nación, cuyo mandato fundacional fue convertirse en "una tribuna de doctrina"; y eso es precisamente lo que continúa siendo en la actualidad.

17 de abril de 2017

#1A, 1° de abril de 2017, el día de la caída del Gral. Lonardi...

Presidente de facto, Gral. Lonardi
Varios voceros y medios de difusión afines al gobierno señalaron que luego de la multitudinaria marcha del 1° de abril de votantes de Cambiemos, el presidente y su círculo cercano se sintieron respaldados en sus políticas. Ese hecho redundó en la profundización de las políticas económicas y sociales del macrismo, entre ellas, las políticas represivas. Para algunos analistas del día a día, esto fue sorpresivo, más aún en un año electoral en el que la economía no ayuda para nada a la perspectiva de realizar un papel destacado en las elecciones de octubre. Se habría acabado la etapa del “macrismo zen” iniciado durante la campaña proselitista de 2015, para pasar, entonces, al “vamos por todo” del macrismo de 2017. Creemos, sin embargo, que lo que se produjo ese sábado fue un previsible giro macrista en el gobierno, un cambio de pantalla de la que llamamos aquí la “revolución macrista”. Creemos asimismo que para emprender un análisis del gobierno de Cambiemos no es adecuado compararlo con los actuales gobiernos de derecha del continente, ni tampoco con el menemismo de los años noventa. El modelo que se debe utilizar es el de otra “revolución” similar en lo político y económico: la autodenominada Revolución Libertadora, que comenzó en 1955 al derrocar el gobierno de Juan Domingo Perón.
Para eso, repasemos primero, brevemente, cómo fue la dinámica de aquella “revolución”.

Luego del golpe militar al gobierno de Perón (que duró una década), el general Eduardo Lonardi se hace cargo del gobierno en la autodenominada Revolución Libertadora, y es el cardenal Antonio Caggiano quien le hace entrega de la banda presidencial en lugar de su antecesor en el cargo, quien había sido derrocado. De inmediato, el “presidente” destituye a los miembros de la Corte Suprema de Justicia. La intención última de Lonardi y los suyos era impedir que el peronismo volviese al poder, pero sin recurrir a una represión masiva, ni derogar la Constitución de 1949 ni las leyes sociales y laborales sancionadas por el gobierno peronista. Se pensaba que era necesario reeducar a la población que había sido “engañada” por las campañas desde el estado peronista y la demagogia de Perón. También intentaba convencer a los dirigentes de la CGT para que acepten la nueva situación política y económica. La consigna que lanzó entonces para pacificar el país dividido entre peronistas y antiperonistas fue “ni vencedores ni vencidos”. El general Lonardi era proclive a negociar con el peronismo (sin Perón, por supuesto) y conservar la mayoría de las conquistas sociales y laborales del gobierno anterior; eso lo hacía a través del Ministro de Trabajo, en su relación con la CGT. Sin embargo, en su primer discurso como “presidente” dijo:

Diez años de irresponsabilidad y corrupción nos han llevado a la situación más desastrosa de nuestra historia económica. El país se ha empeñado en hacer lo que nadie puede cumplir. Impulsado por una tremenda insensatez, ha tratado de consumir más de lo que producía y así ha gastado sus reservas monetarias…”.

Frases y conceptos que resuenan hoy en los miembros de Cambiemos. Pero sigamos repasando ese discurso:

 “Uno de los hechos más serios… es ese aumento insignificante de lo que cada habitante produce en promedio respecto a hace diez años. Aquí está al descubierto la base completamente ficticia en que se apoyaban las mejoras sociales de que se vanagloriaba la administración depuesta”. Y remataba: “Tiene ahora el país que reparar diez años de errores, desquicio y confusión. Si alguien se hubiera propuesto desarticular la economía y aniquilar las fuerzas dinámicas, no lo habría podido hacer a tal cabal perfección”.

El autor del programa económico de la Libertadora, Raúl Presbisch, decía:

(Argentina) “atraviesa por la crisis más aguda de su desarrollo económico” (…) “Si se ha de superar rápidamente la crisis actual de desarrollo se requieren empréstitos e inversiones privadas del extranjero. Si no se desea admitirlos, el país tendrá que resignarse a continuar, indefinidamente, su precaria situación actual”.

Son evidentes aquí las similitudes de la Revolución Libertadora y la que llamamos Revolución Macrista, tanto en el diagnóstico de la situación del país que ambas recibieron del peronismo, como las acciones que emprendieron para solucionar los supuestos problemas en sus respectivas etapas históricas. Pero esas fueron las respectivas “primeras etapas” de sendas revoluciones. Veamos ahora lo que sucede en la segunda etapa de la libertadora.

Presidente de facto, Gral. Aramburu
En el mismo 1955 ya había otro sector dentro de esa dictadura que era más liberal en economía y más antiperonista en lo político, y que pretendía erradicar de cuajo al peronismo de la vida política argentina utilizando cualquier recurso a mano. Finalmente, en noviembre este sector da un golpe palaciego, desaloja del gobierno al general Lonardi y coloca en su lugar al general Pedro E. Aramburu. Se produce entonces un giro autoritario (más aún), y con él pasa directamente a ser delito cualquier referencia al gobierno anterior, incuso mencionar a Perón y Eva Perón. Comienza así la que llamamos segunda etapa de la revolución, de corte ya netamente liberal en lo económico y de una línea más dura frente al peronismo. Se disuelve el Partido Peronista y se inhabilita a sus dirigentes. Se produce una catarata de investigaciones de facto de las presuntas irregularidades del gobierno peronista. La meta del gobierno era desperonizar al país. Se intervienen los sindicatos y la CGT y se encarcelan miles de dirigentes sindicales luego de una huelga declarada como protesta por las medidas mencionadas. Se deroga por bando militar la Constitución de 1949 y se impone nuevamente la vigente hasta ese año. Luego de un frustrado levantamiento militar contra esa dictadura, liderada por el general Juan José Valle se fusilan 32 civiles y militares, Valle entre ellos. Se suspendieron las convenciones colectivas de trabajo, se congelaron los salarios, por lo que los trabajadores perdieron poder adquisitivo, se “depuraron” la administración pública y las universidades, y se controlaron los medios de difusión, homogeneizando la opinión pública (o, mejor dicho, publicada).
En lo económico, el giro liberal de la revolución lleva al país a ingresar al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, ya que el peronismo nunca había querido hacerlo. Ese giro hacia la ortodoxia implicaba abandonar las políticas que favorecían al mercado interno como motor de crecimiento, la emisión fiscal y las subvenciones a sectores que los funcionarios e ideólogos “libertadores” consideraban artificiales. Se aplicaron fuertes devaluaciones que favorecieron a los sectores agrarios concentrados. Se abrieron los mercados y se apostó fuertemente a las exportaciones agropecuarias. Se estancó la industria y se descontroló la inflación. Todo esto trajo como consecuencia lógica la disminución de la participación de los trabajadores en la renta nacional, elevando la productividad, reduciendo la mano de obra y el poder de los sindicatos.
Esta segunda etapa de la revolución, más ultra en lo político, se caracteriza por profundizar la división política de la sociedad y auspiciar un revanchismo contra todo lo tildado como peronista. Se asemeja (salvando las grandes distancias que existen al comparar un gobierno dictatorial con uno democrático) con el actual giro en la revolución macrista. La falta de respaldo democrático de la libertadora, pretendidamente compensado con el apoyo del antiperonismo militante y la violencia de un gobierno de facto, se iguala pero se contrapone a la vez con el apoyo hacia el gobierno de Cambiemos (minoritario ya pero remanente) del núcleo duro de antikirchnerismo de la sociedad. Paradójicamente, algunos partidos que apoyaban aquella dictadura antiperonista del siglo pasado hoy son miembros o apoyan al actual oficialismo.
Tanto los “libertadores” a partir de 1955 como Cambiemos hoy, quienes en la oposición se caracterizaron por el “purismo” republicano, criticando las supuestas “desviaciones autoritarias” o anticonstitucionales del gobierno, haciendo uso de un “republicanismo” o “legalismo” teóricos y principistas, una vez llegados al gobierno hicieron exactamente todo lo que criticaban y mucho más. Cometiendo todos los “pecados” que le atribuían al peronismo o al kirchnerismo, y de una forma más burda.
El gobierno de Macri, como el de los generales Lonardi o Aramburu, cambiaron la estructura de distribución de la riqueza, el modelo económico y el proyecto de país en una forma revolucionaria. Como ni en 1955 ni en 2015 se produjeron las crisis que tanto presagió la derecha argentina a través de sus voceros (y que tanto necesitaba el modelo de país que pretendían instalar, para el cual necesitaban ejecutar una política de shock liberal de ajuste salvaje) ambos gobiernos de derecha las produjeron, las fraguaron ellos mismos apenas llegaron al poder, de inmediato, para así justificar y aplicar su preciado modelo económico.

Pero, entonces, ¿qué podemos esperar de aquí en delante de un gobierno como el de Cambiemos? Siguiendo con las similitudes y de acuerdo a las previsiones de diversos analistas de la economía y la política actual, es previsible un giro autoritario en lo político y neoliberal en lo económico: es decir, una aramburización del macrismo. Es de esperar, entonces, como ya dijimos aquí en julio del año pasado en La revolución macrista (II), una lección para la izquierda nacional:

La incógnita sobre la eficacia del macrismo para llevar adelante las próximas medidas de gobierno de su plan se despejará en los próximos seis o doce meses, cuando los medios de comunicación hegemónicos ya no puedan ocultar eficazmente los resultados perniciosos de la economía, cuando los titulares sobre la corrupción o la herencia kirchnerista no sirvan para “entretener” a la sociedad frente a la herencia y la corrupción propias. Será entonces cuando veremos si los métodos revolucionarios del macrismo son suficientes para seguir avanzando en su agenda de gobierno, si el establishment lo sigue apoyando o si le fija nuevos objetivos y, principalmente, si la sociedad sigue avalando su rumbo. De no ser así, veremos qué métodos utiliza entonces para continuar con su programa de gobierno, si aminora la marcha o si acelera a pesar de todo y de todos. Porque la historia argentina muestra, lamentablemente, que la derecha nunca se detiene en su camino y apela a cualquier método, legal o no, pacífico o no, constitucional o no, pacífico o no para lograr sus fines. Y no tiene pruritos ni remordimiento al enfrentar a sus adversarios desde el poder, sean éstos minoritarios o mayoritarios. En tal caso, la derecha conservadora siempre fue y será revolucionaria para mantener o recuperar sus privilegios.

Como vemos, de esta manera finalmente se estaría cumpliendo lamentablemente el verdadero programa de gobierno del macrismo, el que anunciamos aquí antes del balotaje de 2015 en 10 razones para votar a Macri y 10 razonespara votar a Scioli.


De aquí en más, ya que es evidente el rumbo irrenunciable del macrismo en materia económica y social, a diferencia de los tiempos de la libertadora, hoy está en manos de la sociedad (de la mayoría de la sociedad que no acuerda con él) la posibilidad de detener o ralentizar el avance de ese proyecto de país, o al menos reducir los daños que produzca en sus millones de víctimas. Uno de los medios es la movilización y las medidas de fuerza de la clase trabajadora argentina; pero la más importante es, sin duda, la urna. En tan sólo meses, sabremos si el pueblo (nosotros) hace buen uso de todas ellas.



1 de abril de 2017

Manifestaciones no desestabilizadoras eran las de antes...

En relación a las denuncias de los miembros del gobierno y de sus medios afines, Basurero Nacional recuerda aquí algunas imágenes de las diversas manifestaciones contrarias el gobierno anterior que se realizaron en la última década, las que no se caracterizaban por ser desestabilizadoras o destituyentes del gobierno, como queda en claro al repasar las mismas imágenes...















 



 












 




Bueno, quizás no sea tan así como decimos en el título... ¿no?
Es como si dijéramos que ocupar la Plaza de Mayo por un par de horas es desestabilizante y antidemocrático pero cortar muchas rutas y bloquear las ciudades por meses es republicano ¿no...?



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